jueves, abril 21, 2005

Aquí Estamos

Aquí estamos, acostados en tu cama, sólo con los pantalones puestos y descalzos. Bocabajo y mirándonos en silencio, nos hablamos con la mirada y con muecas.

Nos vemos, por un tiempo infinito; buscamos topar nuestras miradas o ver como uno reconoce al otro. Cuando nos cansamos, nos quedamos dormidos. Si uno queda despierto, ve cómo cae en el sueño el otro; también cuando despierta. Entonces esa mirada adormecida busca resolver dónde se encuentra, hasta que topa con el otro.

Y seguimos así, sin tocarnos, ni hablarnos, sólo mirándonos. En nuestras mentes construimos el recorrido de nuestras manos a través de la piel; pero nuestras manos son inútiles. Los pies de cada uno se acarician entre ellos, pero no tenemos la intención de tocarnos con ellos. Todo está en reflejo de nuestras miradas, en los movimientos sutiles de nuestras cejas, en los guiños, las sonrisas y las risitas que se quedan atoradas en la garganta.

Me encanta estar así, ver como a penas entra la luz por la ventana y el cuarto iluminado por el sol de la mañana, radiante, como todas las mañanas de verano. Verte sobre la cama, frente a mí, bocabajo, sólo con tus pantalones de bolsitas y sin calzado. Siento en mi pecho como el corazón se me quiere salir y percibo cada latido, cada movimiento que él hace por tu culpa. Mientras, sólo busco disfrutar tu mirada a través de tus ojos, esos ojos enormes, infinitamente negros. Esos ojos que hablan tanto, que me dicen "te quiero", "me encantas", "bebé", "mi amor" y "que bueno que desperté y sigues aquí".

Anoche vi cuando cerraste los ojos para dormir; quise disfrutar ese momento, tanto como pudiera antes de caer también. Cuando entraste en tu sueño, te convertiste en un ángel, acostado sobre su nube; dormías como un hermoso bebé, que no le preocupa el mañana, que no supo si hubo hoy. Y con esa imagen, me dormí, guardando tu paz.

Esta hermosa mañana desperté y, sobre la cama sin destender, seguías volando, irradiando belleza y tranquilidad, las mismas que me has dado. Así que esperé a que despertaras, para darte los buenos días; al despertar, no nos dijimos nada y eso fue estremecedor. "Hola mi amor, buenos días", dijiste con tu mirada y sonrisa tierna.

El tiempo transcurrió lentamente, casi como si se fuera a detener. Te memoricé palmo a palmo: tu cabello bañando tu cabeza, tu espalda desnuda, hasta los hoyitos al final de ella. Ver tus nalgas orgullosas por debajo del pantalón, el mismo que cubre el camino de tus piernas, que termina donde comienzan tu tobillos y sólo para rematar, tus piecitos. Pero sin duda alguna, son tus ojos los que no se apartan de mi mente y tus labios los cincelados en mí. Admiré tus labios como si nunca los hubiera visto; los deseo tanto como cuando te conocí y quería robarte sólo un beso.

Sin darme cuenta, me quedé dormido, pero no lo note hasta que desperté; había estado dormido y soñado. En mi sueño, rompíamos este acuerdo y comenzabas a acariciarme, primero el cabello y luego mis hombros. Luego te acercabas lo suficiente, recorrías mi rostro y comenzabas a besarme, muy lentamente, disfrutándolo, segundo a segundo, en tus labios se sentía un gran deseo y el placer con el que lo hacías. Y al sentir el último beso, abrí los ojos. Tú estabas frente a mí, donde te había dejado y me mirabas dulcemente. Entonces una felicidad indescriptible se apoderó de mí y antes de poder decir algo, estiraste tu mano para con uno de tus dedos sellar mis labios.

Escuchamos nuestra respiración y percibimos la tranquilidad que nos rodea. Este espacio tan sagrado para nosotros, tan lleno de nuestro amor, nos guarda confortablemente. El día es joven (como nosotros) y quisiéramos que siempre fuera así. El clima es cálido y sudamos levemente, pero eso no es pretexto suficiente para retirarnos.

Ahora, en tu mirada de repente nace una idea y sonríes pícaramente. Con un dedo me haces señas que me acerque, mientras me guiñas un ojo. Cerca de ti, me abrazas y juegas con el cabello de mi nuca. Me observas un rato, con tu mirada enamorada. Te acercas a mi oído, muerdes mi oreja despacio y murmuras: "Te amo...".

Así termina esta sesión de silencio entre nosotros y nos dirigimos al baño, a la regadera; ahí, comenzará algo más, donde las palabras y los sonidos colmaran nuestros sentidos. Entonces haremos todo eso que planeamos en nuestra mente, materializaremos nuestros deseos; pero seguiremos jóvenes, felices, en este cuarto que nos guarda confortablemente.

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