jueves, marzo 25, 1999

Melancolía

No es un domingo normal, estoy seguro. Ayer, hasta antes de las 11 de la noche, fue un sábado común; no tengo idea si mañana habrá otro San lunes de neurosis, de ser así sería ordinario, lo que me preocupa es que no lo sea.

Odio los días anormales; hoy me levante con efectos de resaca, y ni alcohol del 96 toque ayer. Eran las 12:30 p.m. en el reloj y estaba aun en la cama, solo, con dolor de cabeza, confundido. Un domingo normal hubiera sido levantarme, no hacer nada, comer, tarea y dormir. Pero hoy fue un domingo nefasto, uno que no quiero vivir otra vez. Tenia dos tapones en las sienes, sentía como latía mi cerebro y un dolor desesperante venia por momentos en el hemisferio izquierdo. Una vez llegue a la conclusión que las emociones fuertes no son para mí, de haberlo entendido, hace mucho las mujeres ya no serían tema de mis conversaciones.

Anoche no quise perder la cabeza, y menos el autodominio, pero ya la espera se ha hecho insoportable, las ganas de un beso, el deseo de las caricias, de tener un susurro con sabor a "te amo"... todo eso me llena de melancolía, porque parece que no lo tendré jamás. Mi melancolía no tiene principio, porque no tengo idea de como empezó. No sé si fue de día o de noche, en la cama o en la calle; sin embargo, cuando logro cortarla de mi pecho crece en mi cabeza, y cuando la quito de mi cabeza ha florecido de nuevo en mis entrañas. La pantalla dice "1:14 a.m.", en menos de seis hora tengo clase, pero la cabeza no me deja en paz, mucho menos el corazón. ¿Qué me hace estar en pie tecleando palabras vacías a las que sólo yo les doy significado? Una voz, cuyo rostro no conozco; palabras escritas por manos desconocidas; emociones de un cuerpo lejano. Y todo es parte de una antítesis de la realidad, una reacción a letras sometidas a ojos desnudos enfrentados a la tecnología.

Con todo, no maldigo el día en que te conocí, ni el último que no hable contigo. Maldigo el día que deje que la inocencia se escapara por mis poros, cuando permití que la "madurez" circulara por mis venas. Maldigo este domingo que pase en gran estupidez, como si no hubiera nada en cabeza, como colapsado, tal enfermo mental desarraigado de la realidad, que no tiene idea que hay mundo exterior. Quisiera borrar este domingo de encrucijada que tuve, día de melancolía que me llevo al borde de las lagrimas; en el día de descanso no hubo parte para mí, yo no tome un relax, yo tuve que enfrentarme a fantasmas ocultos en mi mente, pues quise moverte para dejar pasar a alguien más, pero no quise traicionarte. Aun así, de la silla no me despegue, y tu llegada espere con anhelo.

¿Qué paso tres horas antes? Una llamada, no respondes, lo hace otro, cuando hablas, una voz te aguarda... que decepción no poder hablar contigo, ¡me urge! ¿No ves que es una emergencia? ¿Te das cuenta que es nuestra vida la que cuelga de esos contactos efímeros que tenemos? Por desgracia cuando pierdo el control, aunque intente suprimirla, la melancolía llega, porque al perder lo primero francamente hablo de lo que quisiera que fuera, pero te cierras, y al no poder entrar, aquel dolor que me sustenta sólo me alivia con melancolía, porque no conoce otra cura, y aunque este cada vez se acostumbra a mí, ya que me niego a conocerlo, cada vez es más profundo su reclamarme de la vida, pues me ataca con preguntas filosas, tal como filosofías paganas inexplicables para los ignorantes.

Y aunque el domingo terminó, la llama de mi vida aun está encendida, pero el lazo de nuestras almas sigue flotando, incierto en su fin. ¿Por qué no dejas que entre en tus entrañas? Y si por casualidad me topara con tu melancolía me la comería, pero si me hallo tus miedos los desmembraría, y si me encuentro tus angustias y pesares los destruiría, aunque si diera con tu pasado lo dejaría pasar, porque no me importa; sin embargo, cualquier otro mal que viera en ti, haría con él lo que Dios con Sodoma y Gomorra: lo quemaría hasta no dejar nada de él. Aun así, me buscaría en tu pecho para tratar de encontrarme, y si estoy presente, entonces te concedería lo más valioso que tengo conmigo... yo mismo.

Semanas, días, horas y espacio... eso es lo que nos separa, quisiera que eso fuera y nada más. Lo anterior lo digo porque no quisiera que los días de mi vida se vieran dirigidos por el animo que reino este domingo, pues lo viví de madrugada hablando de la felicidad que te quiero regalar. Mucho menos quisiera que todos los días se vieran insoportables por la migraña, ansiosos por la espera o melancólicos por la soledad y la desesperación. Y si soy un dios, un ser perfecto, mi lugar sería con diosas; pero porque soy un hombre, y no busco diosas, he querido regalarte todo lo que me pertenece, toda mi imperfección, todos mis pensamientos y sentimientos, todo esto con el único y exclusivo fin de hacerte feliz y llevarme conmigo la melancolía que empapa tu vida. Deja que te ame, porque sólo así soy feliz.

No hay comentarios.: